Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo. DA 29

sábado, 3 de agosto de 2013

El que se cierra voluntariamente a Su Amor



Hoy fue un día distinto a todos los anteriores. Hoy el Señor nos regaló, al permitirnos acercarnos a Él de un modo distinto.
Llamamos en quince casas, nos abrieron en nueve: una testigo de Jehová, dos evangélicos, y seis católicos. La respuesta de los tres no católicos era esperable, fueron negativamente amables. Pero, los católicos… siempre son los que peor responden y más nos impresionan ¿por qué nos rechazan como lo hacen si tenemos la misma fe?  

Entramos a una casa, donde una mujer que trabaja en su almacén con sus dos hermanos no tiene tiempo  para ir a misa, tampoco para leer la Biblia; pero tiene una especie de altar con las fotos de sus familiares fallecidos y varios santos, más algunas flores de plástico. Esa es su fe.
Leyó Juan 6, 46 – 58 “Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo”, la invitamos a que comentara el texto, pero ocurrió algo que ya hemos visto en otras casas: las personas que nunca oran y nunca leen la Palabra no pueden entender nada de lo que se lee, no son capaces de interpretar una sola frase del texto, y dicen cosas muy generales y lejanas. Tampoco pueden hacer oración.
Le comentamos la trascendencia del llamamiento de Jesús de acercarnos a Él en la comunión, y su urgencia. Somos bautizados y no debemos dejar que su sacrificio por nosotros haya sido en vano, abandonando el inmenso Amor que nos regala en  la Eucaristía.
Fue amable, y sincera. Tiene una sed que ella desconoce, porque mencionó que siempre deja entrar a los católicos que van a verla y le gusta escuchar. Es sed de Dios.

Al salir estaba en la calle su hermano, también bautizado católico, un hombre mayor. Comenzó a hablar en voz alta contra la iglesia y a increparnos sobre lo que hacíamos delante de varias otras personas. Nada se le pudo explicar, porque no quería escuchar nada. Sólo quería insultar y calumniar a la Iglesia y a los sacerdotes. Cuando llamó por su nombre al Arzobispo de Santiago y dijo que era un pedófilo y  defensor de pedófilos, consideramos que no valía la pena seguir intentándolo, le dijimos que hacía un mal y comenzamos a caminar.
Comprendí perfectamente a Juan (“Señor, ¿quieres que hagamos llover fuego del cielo”?), y tuve la intención de decirle que merecería perder el don del habla, porque lo usa para calumniar, injuriar y mentir sobre la Esposa del Señor, pero, nada dijimos. Tal vez recordamos la respuesta del Señor a Juan.

Luego vino otro católico, que tiene dinero, porque trabaja mucho; tiene salud, porque tiene dinero y tiene comida y casa porque tiene dinero... porque trabaja mucho.
Dios no tiene nada que ver en su vida.

Aunque… siempre se santigua frente a las imágenes de la Virgen, confiando en su protección cuando viaja, porque es chofer de camión. Poco pudimos avanzar con él, sólo confiar en que en la Santa Misa se pide por las familias misionadas y en que él tiene una confianza de niño en Nuestra Madre, Ella lo llevará a Su Hijo: esa es nuestra esperanza.

La última fue como otras: católica que no tiene tiempo, pero, nos escuchará si regresamos.  Y volveremos.
Fue la penúltima persona que visitamos, en la que Jesús nos hizo el regalo, tal vez por la perseverancia de algunas horas caminando.
Nos atendió en la puerta. Es católica, y es la fe que cree más verdadera. Sus dos hijos hicieron la Primera Comunión, y su nieta que ya es grande, también. Se educó en colegio de monjas, del que tiene el peor recuerdo. Y es todo.
No reza, no irá a Misa, no lee, por ningún motivo la Biblia (“no la soporto”), no quiso recibir ni un santito siquiera. Fue amable, pero, nos dejó a Marisol, mi hermana misionera y a mí, una tristeza agobiante. Por lo que se pierde, por no querer ni siquiera “soportar” la Palabra de Dios, por el alejamiento voluntario y a sabiendas de todo lo que se refiera al Señor.

Sentimos nuestra incapacidad más que en ninguna otra puerta, y nos llenó una pena como la que tal vez sintió Nuestro Señor ante el joven rico. Tristeza de pérdida, de vacío, de muerte. De alguna manera, advertimos que era un regalo del Señor avistar aunque sea de lejos, a identificarnos con Su pena ante el que se cierra voluntariamente a Su Amor, y no quiere escucharlo ni recibirlo, ante el que no quiere abrirle la puerta para oír Su Palabra, Su consuelo, Su abrazo, Su comprensión, Su perdón, Su misericordia y Su Amor. Nos detuvimos un momento y juntas oramos fuertemente por ella, sabemos que se rogará en la Misa. ¿Qué más podríamos hacer? El Señor nos lo dirá tal vez cuando continuemos orando ante el Santísimo por ella y todos aquellos a quienes visitamos.
Gracias, Señor. Es otro de los regalos de la Misión. A veces, la alegría de ser recibido y el corazón que  arde, a veces la tristeza de no querer ser escuchado y el corazón doliente, pero en paz.  

La Presencia, siempre.  Y esa es la recompensa.

sábado, 20 de julio de 2013

Él hará el milagro de multiplicar cuanto necesiten para ser felices




¿Qué ocurre en una familia con tres hijos, cuando es abandonada por el padre? ¿Qué pasa si un día el padre simplemente se va? Porque encontró otro ¿amor?, porque se hizo alcohólico, porque era drogadicto, porque sencillamente llevar una familia, trabajar, escuchar y ayudar a resolver problemas, vivir con carencias y estrecheces es más de lo que quiso soportar.
¿Qué pasa con los hijos? ¿Qué pasa con la esposa?

Hoy en la mañana entramos a una casa con tres niños: la mayor, tierna y madura, una “dueña de casa” de solo 15 años. Su hermano, el “puntal de la casa” de 12 años, y el pequeño “futbolista profesional” hiperactivo de 3 años.
La madre trabaja toda la semana, la hermana postergó su colegio y todos viven expectantes  y solos el abandono.

El Señor hizo que llamáramos a su puerta y que tuvieran la confianza de abrirnos.
La  hermana de 15 años leyó Mateo 15, 29 - 39, y la interpretación  de tan bello texto fue la que necesitaban escuchar.
El Espíritu Santo quería decirles que lo que sea que les pase, les duela, los haga sufrir, temer, llorar, todo lo confíen en sus manos, que de corazón le hablen a Su corazón, y Él los sanará y hará el milagro de multiplicar cuánto necesiten para ser felices. Los incentivamos a orar, a leer Su Palabra, y a acercarse a los sacramentos que les faltan.

No salimos hoy día a otra cosa, si no a dar testimonio de la infinita misericordia y amor de Nuestro Señor, que se duele de nuestros dolores, que quiere acompañarnos, hacernos cariño y sobretodo tomar en sus manos benditas nuestra pena, nuestro sufrimiento y nuestra angustia y dolor, devolviéndonos solo paz y alegría.
Hoy, de nuevo y como casi siempre sentimos nuestra la alegría de los discípulos que regresan de la Misión: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. Nunca hemos tratado con uno de verdad, pero hoy tratamos con las consecuencias de su acción: el dolor del desamparo, de la orfandad, con la desesperanza y la desprotección, con la soledad de la ausencia. 

Sabemos que el remedio para todos los males es Nuestro Señor Jesucristo. A Él les llevamos, Él quiso hoy ir a verlos.

lunes, 8 de julio de 2013

A eso está también llamada la Misión: a que los católicos se preocupen de otros católicos.





Se debiera cumplir la responsabilidad de llevar un blog, y actualizarlo con cierta periodicidad. En este caso, escribir todos los sábados, porque los sábados salimos a caminar las calles y llamar a las casas. Pero a veces, por diversos motivos, esto no se cumple. 

¿Qué queda? ¿Actualizar todo de una vez? Las cosas no se recuerdan con la misma frescura y detalle, muchos pormenores se olvidan después de algunas semanas.
¿Qué hacer? Tal vez sintetizar, y escribir lo sustancial. Pero, en la Misión, lo sustancial es siempre lo mismo: compartir a Cristo, intentar comunicar la fe, tratar de contagiar algo de lo que creemos con nuestros medios escasos y nuestras personas de tan exigua condición apostólica.  Lo único que varía son los detalles, porque en los detalles siempre entra el hermano.

Hace tres semanas entramos a una casa bonita y bien cuidada, donde vive, con un  hijo y su familia, un matrimonio de más de 70 años. Él, con depresión sicótica, ella, sin poder salir de su hogar cuidando al hombre que prometió amar y respetar, en salud o enfermedad hasta que la muerte los separara. Eran un matrimonio creyente,  de Misa dominical, pero, él no se confesaba, porque el sacerdote  “es un hombre igual a mí”.  Desde que comenzó su enfermedad, acometió contra todo lo relacionado con Dios, y por supuesto la Iglesia.
Él, en su enfermedad, aborrece la Iglesia y a Dios. Ella, sufre por no poder confesarse ni asistir a la Misa que tanto extraña.

¿Qué le hemos ofrecido? El párroco la esperará un día y a una hora determinada, para que en 20 minutos, en que será reemplazada en su casa, pueda, por fin confesarse. A partir de ese día, continuará viendo la Misa por televisión, pero un ministro le llevará la comunión todos los domingos. ¿A él? Nuestra oración y la de su esposa que ahora estará más fortificada por la Eucaristía.

Entramos también en otro hogar, una madre anciana y postrada, y una hija, ya mayor, que la cuida. La hija tampoco puede salir, más que por algunos minutos para hacer compras. No puede ir a Misa, y la madre postrada quiere confesarse. Hemos conversado con el párroco, que irá a confesarlas a ambas, y todos los domingos, un ministro les llevará la comunión.

Son cosas simples, nada difíciles, pero, si no se recorren las calles, se llama a las casas, y se entra a conversar con las personas, por más simples que sean, no se harán. Y no habremos sido luz para el hermano.  

A esto está también llamada la Misión, a que los católicos se preocupen de otros católicos. A que los acerquen a la fe en que un día fueron bautizados, y de la que se alejaron. Y en este caso, a dar un poco de luz en medio de la oscuridad y de la pena. A llevar la Palabra y la Luz de Cristo a un mundo que sufre, porque está lejos de Él.

viernes, 7 de junio de 2013

El Envío en Corpus Christi

Acompañamos a Nuestro Señor toda la tarde.
En nuestra gruta, recibimos la Bendición y el envío.
Algunos de nosotros y jóvenes misioneras de la Universidad Católica


Fué una hermosa Misa. Había anochecido y estaba oscuro. Toda la tarde estuvo expuesto
 el Santísimo Sacramento, y nosotros nos turnamos para estar con Él.

Al anochecer vino la Santa Misa y el envío y la bendición para la Misión, los misioneros y las familias que serán misionadas.
Fué bello, fué emocionante, sentímos que nos ardía el corazón y sabíamos que a Su lado esa es una experiencia constante.
Se realizan diversas labores en una parroquia, pero, nada es comparable a la sensación de plenitud y alegría que entrega la Misión. El salir del templo y llamar a las casas para invitar de nuevo a la fe a los alejados, compartir nuestra fe con los que no creen e invitarlos a todos a  la esperanza y al Amor del Amado. Eso, no tiene comparación.

sábado, 11 de mayo de 2013

Iniciamos la Misión 2013


Hoy iniciamos la Misión 2013, en realidad continuamos la de 2012, porque hay que llamar a todas las casas que aún nos faltan, que son aproximadamente la mitad de todo el sector. Es decir, hemos llamado a poco más de 1000, nos quedan otras 1000 y tantas más.
Es bueno hacer balances, pero, ya habrá tiempo para ello, lo importante es que recomenzamos la Misión y la llevaremos adelante porque es nuestro deber de bautizados y hemos sido llamados a ella.

Hoy iniciamos también la formación con las niñas de Derecho de la Universidad Católica que nos acompañaron el año pasado. El año que terminó vimos la Doctrina según el Catecismo de la Iglesia Católica. Este año comenzamos con el Concilio Vaticano II, por el llamado del Año de la Fe.
Es regocijante ver como jóvenes estudiantes universitarias de una carrera difícil y exigente, podrían descansar, entretenerse, hacer muchas otras actividades, y eligen venir a enseñarnos temas de nuestra fe que a su vez ellas aprenden de teólogos. No deja de ser agradable, amable y agradecible  su esfuerzo, su entrega y su cariño.

Después de Pentecostés, con el envío del Espíritu Santo, saldremos otra vez, como desde hace 4 años, a recorrer las calles y llamar a las casas de nuestros vecinos, para comunicarles la gran esperanza que tenemos: Jesucristo, Nuestro Dios y Salvador está vivo y nos ama.
Lo haremos como siempre, proclamando la Palabra, orando con ellos, catequizando un poco y asperjando agua bendita a la familia y el hogar, mientras pedimos la Bendición de Nuestro Señor sobre ellos y sobre nosotros.

Es una labor bella, reconfortante, gratificante. Al final de la jornada no alcanzamos a decir “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre” (Lc. 10,17), pero, casi…
Definitivamente, la Misión es bella. La Misión, porque es querida, y enviada por Dios, es santa. Y por regalo y bondad de Nuestro Señor, nosotros, siervos inútiles, nos santificamos un poco con ella.

Bienvenido, Papa Francisco

Nuestro nuevo Papa es Francisco.
Vecino nuestro, de Argentina. Humilde, honesto, sencillo, siempre cerca de los pobres, y sobretodo, siempre cerca de Nuestro Señor.
Acogemos con cariño y fidelidad al 266° sucesor de San Pedro:

¡Bienvenido Papa Francisco!










miércoles, 27 de febrero de 2013

GRACIAS, BENEDICTO XVI

Siempre tras de Ti, mi Señor y mi Dios.


He encontrado este sentido escrito, de entre muchos que se harán estos días. Me ha parecido bueno copiarlo, porque dice lo que muchos de nosotros sentimos hoy, pero lo dice de una forma bella. Fué publicado ayer en el blog Religión en libertad, por el sacerdote Juan García Inza.



Estamos en vísperas de que el Papa se marche de Roma para esperar en Castelgandolfo a que suenen las 8 de la tarde del jueves, y poder decir: “Señor, ahí tienes la Iglesia que pusiste en mis manos. Ya no puedo con ella. Busca otro timonel más vigoroso que tome el relevo en la barca de Pedro”. Debe de ser un momento de especial gravedad, en el buen sentido de la palabra. Es toda una Iglesia que confía al Espíritu Santo, y a la responsabilidad de todos nosotros. Esa tarde del jueves en las Misas dejaremos de nombrar a Benedicto XVI, aunque rezaremos por él. En aquel retiro junto al lago Albano, el se quitará el Anillo del Pescador, que será destruido, y rogará por el que ha de ser nuevo sucesor de Pedro. Este acontecimiento tan lleno de solemnidad, y de sencillez al mismo tiempo, no lo había vivido la Iglesia desde hacía muchos siglos. Son tiempo históricos de gran trascendencia.


Y lo único que nos sale del alma es:


¡GRACIAS, BENEDICTO XVI! Nos has enseñado a servir a la Iglesia desde la humildad y el sacrificio. Has sufrido mucho por distintos motivos. No siempre has sido correspondido con fidelidad. Los problemas humanos de la Iglesia han caído sobre tus hombros de anciano, y has llevado la cruz con firmeza hasta dónde has podido. Nos has enseñado a conocer con profundidad y sencillez la doctrina cristiana. Has sido, y seguirás siendo, el maestro de la humanidad. Escuchándote se aprende sin agobios intelectuales. Nos has contagiado la inquietud de trasmitir la fe como un catequista excepcional. Nos has mostrado la belleza del saber sapiencial, y nos has invitado a mirar a Dios con ojos de asombro y gratitud, como hijos del Padre Bueno en esta gran Familia espiritual. Nos ha mostrado una fe vivida con serenidad y alegría. Hemos aprendido a leer la Palabra de Dios con ojos nuevos, acercándonos a Jesús como niños.


Son muchas las lecciones que hemos aprendido de ti, pero yo me quedo con la última: Nos has enseñado con tu último gesto a amar a la Iglesia con obras, hasta el punto de bajarte del pedestal de Sumo Pontífice y recogerte en el silencio de la oración. Has facilitado el paso a otro Pastor que, con nuevas energías, se ponga al frente del rebaño de Cristo. Sin duda el Espíritu Santo sabrá mantener la Luz del Faro encendida para no perdernos en la oscuridad de la noche. Es más, pienso que amanecerán unos nuevos tiempos en los que la Iglesia se vea más limpia, la fe más clara, y la llamada a la santidad más apremiante.


Esperamos que los mensajes y profecías de tiempos recios, no pasen de ser un toque de atención para que rectifiquemos el camino siendo fieles a la Verdad. El mundo necesita a Dios, y necesita a la Iglesia. ¡Ojalá demos un paso más hacia la unidad que el Señor desea!


Solo te pedimos a cambio que nos sigas ayudando con la oración silenciosa. Que ese Dios que tanto has estudiado y enseñado, te recompense con la paz en la última etapa de tu vida.


¡Hasta siempre, Benedicto XVI!

Juan García Inza